El Desgaste de la Mujer que Espera Solo un poco de ayuda. Pt
“Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia, y se entregó a sí mismo por ella.” Efesios 5:25
Amigas, puede que en este capítulo se raspen algunas sillas en el piso. Puede que no nos guste todo lo que se va a decir aquí, y eso está bien. Porque vamos a hablar de algo que vive en silencio en el corazón de demasiadas mujeres: ese desgaste que no tiene nombre oficial, que pocas veces se predica desde el púlpito, que rara vez se confiesa en el círculo de amigas porque suena a queja, y que sin embargo está allí, real, acumulado, pesado. 𝗘𝘀𝗲 𝗰𝗮𝗻𝘀𝗮𝗻𝗰𝗶𝗼 𝗱𝗲𝗱𝗮𝗿 𝘁𝗼𝗱𝗼 𝘆 𝗿𝗲𝗰𝗶𝗯𝗶𝗿 𝘁𝗮𝗻 𝗽𝗼𝗰𝗼. Esa fatiga de sostener un hogar casi en solitario mientras el esposo a veces el mismo que predica sobre el amor en la iglesia llega a casa y se convierte en un huésped más al que hay que atender.
𝗣𝗲𝗿𝗼 𝘁𝗮𝗺𝗯𝗶𝗲́𝗻 𝘃𝗮𝗺𝗼𝘀 𝗮 𝗵𝗮𝗯𝗹𝗮𝗿 𝗱𝗲 𝗻𝘂𝗲𝘀𝘁𝗿𝗮𝘀 𝗽𝗿𝗼𝗽𝗶𝗮𝘀 𝗳𝗮𝗹𝘁𝗮𝘀. Porque este capítulo no es un tribunal donde se juzga al hombre. Es un espejo que se sostiene frente a los dos, y si miramos con honestidad, cada uno tiene algo que ver. La mujer que ha dejado de comunicar por no provocar conflicto. El resentimiento que se convirtió en distancia emocional. La amargura que comenzó siendo una lágrima legítima y con el tiempo se volvió veneno. También eso necesita ser dicho. Porque la verdad que libera no tiene preferidos confronta con el mismo amor a todos los que la escuchan.
Antes de abrir las Escrituras, quiero pedirte que imagines un día. No un día extraordinario. Un martes cualquiera.
Ella se levanta antes que todos. Prepara el almuerzo que el esposo se llevará al trabajo porque lo ama y porque quiere que coma bien. La cocina queda sucia. Los niños hay que despertarlos, bañarlos, vestirlos, encontrar el zapato perdido, firmar el papel de la escuela que se olvidó ayer, preparar el desayuno que algunos no van a comer completo, y llevarlos a tiempo. Ella todavía no ha desayunado. Regresa a casa. La cama sin tender, los platos del desayuno esperando, la ropa que se quedó en la lavadora desde anoche.
Comienza a limpiar, pero suena el teléfono la maestra llama porque la hija tuvo un problema en clase. Hay que atender eso emocionalmente, no solo logísticamente. El almuerzo hay que pensarlo ya porque los niños salen temprano. Va al mercado con prisa. Recoge a los hijos. Los alimenta. Los ayuda con la tarea mientras piensa en qué cocinarle al esposo cuando llegue. Cocina. La cocina queda sucia otra vez. Baña a los niños. Los pone a dormir. Son las diez de la noche. Ella todavía no ha cenado. Y el esposo está esperando.
𝗬 𝗲𝗻 𝗲𝘀𝗲 𝗽𝗿𝗲𝗰𝗶𝘀𝗼 𝗺𝗼𝗺𝗲𝗻𝘁𝗼, 𝗲𝗻 𝗲𝗹 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝗹𝗹𝗮 𝗱𝗲𝗯𝗲𝗿𝛊́𝗮 𝘀𝗲𝗻𝘁𝗶𝗿𝘀𝗲 𝗮𝗺𝗮𝗱𝗮 𝘆 𝗱𝗲𝘀𝗲𝗮𝗱𝗮, 𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝗶𝗲𝗻𝘁𝗲𝗲𝘀 𝘂𝗻𝗮 𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝗼 𝘀𝗮𝗯𝗲 𝗰𝗼́𝗺𝗼 𝗮𝗿𝘁𝗶𝗰𝘂𝗹𝗮𝗿 𝘀𝗶𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝘀𝘂𝗲𝗻𝗲 𝗮 𝗮𝘁𝗮𝗾𝘂𝗲 ¿Cómo puedo abrirme emocionalmente a alguien que durante toda la semana no me vio? ¿Cómo hay romance cuando no hay consideración? ¿Cómo entrego lo que me queda cuando ya no queda nada? Eso no es falta de disposición espiritual. 𝗘𝘀 𝘂𝗻𝗮 𝘀𝗲𝗽𝗮𝗿𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗲𝗺𝗼𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹 𝗰𝗼𝗻𝘀𝘁𝗿𝘂𝗶𝗱𝗮 𝗹𝗮𝗱𝗿𝗶𝗹𝗹𝗼 𝗮 𝗹𝗮𝗱𝗿𝗶𝗹𝗹𝗼, 𝗱𝛊́𝗮 𝘁𝗿𝗮𝘀𝗱𝛊́𝗮, 𝗰𝗼𝗻 𝗰𝗮𝗱𝗮 𝗴𝗲𝘀𝘁𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗻𝘂𝗻𝗰𝗮 𝗹𝗹𝗲𝗴𝗼́. 𝐄𝐥 𝐝𝐞𝐬𝐠𝐚𝐬𝐭𝐞 𝐞𝐦𝐨𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥 𝐝𝐞 𝐥𝐚 𝐦𝐮𝐣𝐞𝐫 𝐧𝐨 𝐞𝐬 𝐟𝐚𝐥𝐭𝐚 𝐝𝐞𝐟𝐞. 𝐄𝐬 𝐥𝐚 𝐜𝐨𝐧𝐬𝐞𝐜𝐮𝐞𝐧𝐜𝐢𝐚 𝐚𝐜𝐮𝐦𝐮𝐥𝐚𝐝𝐚 𝐝𝐞 𝐬𝐞𝐧𝐭𝐢𝐫𝐬𝐞 𝐢𝐧𝐯𝐢𝐬𝐢𝐛𝐥𝐞 𝐞𝐧 𝐞𝐥 𝐥𝐮𝐠𝐚𝐫 𝐝𝐨𝐧𝐝𝐞 𝐦𝐚́𝐬 𝐝𝐞𝐛𝐞𝐫𝛊́𝐚𝐬𝐞𝐫 𝐯𝐢𝐬𝐭𝐚.
Y aquí nos dirigimos únicamente al hombre creyente, al cristiano al hombre espiritual: Ahora bien, hay una variante de este cuadro que es especialmente dolorosa, y que merece ser nombrada con honestidad: el esposo que es líder o ministro en la iglesia. Este hombre entrega todo al templo. Está disponible para los necesitados de la congregación. Visita enfermos. Prepara mensajes. Aconseja parejas en crisis. La gente lo ve como un siervo del Señor, dedicado, sacrificado, presente. 𝗬 𝗲́𝗹 𝗹𝗼 𝗲𝘀. 𝗣𝗲𝗿𝗼 𝗰𝘂𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗰𝗿𝘂𝘇𝗮 𝗹𝗮𝗽𝘂𝗲𝗿𝘁𝗮 𝗱𝗲 𝘀𝘂 𝗰𝗮𝘀𝗮, 𝗲𝘀𝗲 𝗺𝗶𝘀𝗺𝗼 𝗲𝘀𝗽𝛊́𝗿𝗶𝘁𝘂 𝗱𝗲 𝘀𝗲𝗿𝘃𝗶𝗰𝗶𝗼 𝗱𝗲𝘀𝗮𝗽𝗮𝗿𝗲𝗰𝗲. En casa es otro hombre. Distante, pasivo, esperando ser atendido, ajeno a la carga que su esposa carga sola mientras él “sirve al Señor.”
Hay algo profundamente contradictorio en eso, y la Escritura no lo deja pasar. Pablo escribe a Timoteo que el anciano o líder (todo hombre creyente) debe ser alguien que “gobierna bien su casa”, y añade algo que no suele aparecer en los requisitos del ministerio que listamos de memoria: “pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?” (1 Timoteo 3:4-5). El hogar no es el lugar donde el líder descansa del ministerio. 𝗘𝘀 𝗲𝗹𝗽𝗿𝗶𝗺𝗲𝗿 𝗰𝗮𝗺𝗽𝗼 𝗱𝗲 𝗲𝗷𝗲𝗿𝗰𝗶𝗰𝗶𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗺𝗶𝗻𝗶𝘀𝘁𝗲𝗿𝗶𝗼. 𝗘𝘀 𝗱𝗼𝗻𝗱𝗲 𝗲𝗹 𝗰𝗮𝗿𝗮́𝗰𝘁𝗲𝗿 𝘀𝗲 𝗽𝗿𝘂𝗲𝗯𝗮 𝗱𝗲 𝘃𝗲𝗿𝗱𝗮𝗱, 𝗻𝗼 𝗳𝗿𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗮𝗹𝗮𝗽𝗹𝗮𝘂𝘀𝗼 𝗱𝗲𝗹 𝗽𝘂́𝗯𝗹𝗶𝗰𝗼, 𝘀𝗶𝗻𝗼 𝗲𝗻 𝗹𝗮 𝗶𝗻𝘁𝗶𝗺𝗶𝗱𝗮𝗱 𝗱𝗲 𝗹𝗼 𝗰𝗼𝘁𝗶𝗱𝗶𝗮𝗻𝗼.
“Pues el que no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo cuidará de la iglesia de Dios?” 1 Timoteo 3:5
𝗨𝗻 𝗵𝗼𝗺𝗯𝗿𝗲 𝗽𝘂𝗲𝗱𝗲 𝗽𝗿𝗲𝗱𝗶𝗰𝗮𝗿 𝘀𝗼𝗯𝗿𝗲 𝗲𝗹 𝗮𝗺𝗼𝗿 𝗰𝗼𝗻 𝘂𝗻𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗴𝗲𝗻𝘂𝗶𝗻𝗮 𝘆 𝗮𝗹 𝗺𝗶𝘀𝗺𝗼 𝘁𝗶𝗲𝗺𝗽𝗼 𝘁𝗲𝗻𝗲𝗿 𝗮 𝘀𝘂𝗲𝘀𝗽𝗼𝘀𝗮 𝗲𝗺𝗼𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹𝗺𝗲𝗻𝘁𝗲 𝗱𝗲𝘀𝘁𝗿𝘂𝗶𝗱𝗮 𝗲𝗻 𝗰𝗮𝘀𝗮. 𝗣𝘂𝗲𝗱𝗲 𝗼𝗿𝗮𝗿 𝗰𝗼𝗻 𝗽𝗼𝗱𝗲𝗿 𝗲𝗻 𝗲𝗹 𝗮𝗹𝘁𝗮𝗿 𝘆 𝗻𝗼 𝗵𝗮𝗯𝗲𝗿𝗹𝗲𝗽𝗿𝗲𝗴𝘂𝗻𝘁𝗮𝗱𝗼 𝗮 𝘀𝘂 𝗲𝘀𝗽𝗼𝘀𝗮 𝗲𝗻 𝘁𝗼𝗱𝗮 𝗹𝗮 𝘀𝗲𝗺𝗮𝗻𝗮 𝗰𝗼́𝗺𝗼 𝗲𝘀𝘁𝘂𝘃𝗼 𝘀𝘂 𝗱𝛊́𝗮. 𝗣𝘂𝗲𝗱𝗲 𝗮𝗰𝗼𝗻𝘀𝗲𝗷𝗮𝗿 𝗮 𝗺𝗮𝘁𝗿𝗶𝗺𝗼𝗻𝗶𝗼𝘀𝗲𝗻 𝗰𝗿𝗶𝘀𝗶𝘀 𝘆 𝘀𝗲𝗿 𝗲́𝗹 𝗺𝗶𝘀𝗺𝗼 𝗹𝗮 𝗰𝗮𝘂𝘀𝗮 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗰𝗿𝗶𝘀𝗶𝘀 𝗲𝗻 𝘀𝘂 𝗽𝗿𝗼𝗽𝗶𝗼 𝗺𝗮𝘁𝗿𝗶𝗺𝗼𝗻𝗶𝗼. 𝗘𝘀𝗼 𝗿𝗲𝘃𝗲𝗹𝗮 𝘂𝗻𝗮 𝗰𝗲𝗴𝘂𝗲𝗿𝗮𝗽𝗲𝗹𝗶𝗴𝗿𝗼𝘀𝗮, 𝗹𝗮 𝗱𝗲 𝗰𝗿𝗲𝗲𝗿 𝗾𝘂𝗲 𝗲𝗹 𝘀𝗲𝗿𝘃𝗶𝗰𝗶𝗼 𝗽𝘂́𝗯𝗹𝗶𝗰𝗼 𝗰𝗼𝗺𝗽𝗲𝗻𝘀𝗮 𝗹𝗮 𝗮𝘂𝘀𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗽𝗿𝗶𝘃𝗮𝗱𝗮. 𝗡𝗼 𝗹𝗮 𝗰𝗼𝗺𝗽𝗲𝗻𝘀𝗮. 𝗡𝘂𝗻𝗰𝗮 𝗹𝗼 𝗵𝗮𝗿𝗮́. 𝗣𝗼𝗿𝗾𝘂𝗲 𝗗𝗶𝗼𝘀 𝘃𝗲 𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗼𝗰𝘂𝗿𝗿𝗲 𝗱𝗲𝘁𝗿𝗮́𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗽𝘂𝗲𝗿𝘁𝗮 𝗰𝗲𝗿𝗿𝗮𝗱𝗮 𝗰𝗼𝗻 𝗹𝗮 𝗺𝗶𝘀𝗺𝗮 𝗰𝗹𝗮𝗿𝗶𝗱𝗮𝗱𝗰𝗼𝗻 𝗾𝘂𝗲 𝘃𝗲 𝗹𝗼 𝗾𝘂𝗲 𝗼𝗰𝘂𝗿𝗿𝗲 𝗯𝗮𝗷𝗼 𝗹𝗮𝘀 𝗹𝘂𝗰𝗲𝘀 𝗱𝗲𝗹 𝘀𝗮𝗻𝘁𝘂𝗮𝗿𝗶𝗼.
Mis hermanas llegamos al final de esta primera parte: te espero en nuestra lectura mañana nuevamente.
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