Redimida, no reparada.

Redimida, no reparada

Hay una diferencia abismal entre algo que ha sido reparado y algo que ha sido redimido, aunque a simple vista puedan parecer lo mismo. La reparación intenta devolver funcionalidad; la redención crea algo que antes no existía. Lo reparado conserva la memoria de su fractura; lo redimido nace de la muerte de lo antiguo. Y esta diferencia no es solo teórica, es espiritual, es existencial, es eterna.

 Vivimos en una cultura obsesionada con arreglar. Arreglar emociones, arreglar matrimonios, arreglar traumas, arreglar conductas. El mundo nos ofrece procesos interminables de reparación: estrategias para sobrevivir, técnicas para manejar el dolor, mecanismos para convivir con la herida sin tocarla demasiado. Todo está diseñado para que sigamos funcionando, aunque por dentro estemos agotadas, fragmentadas, rotas de formas que nadie ve.

Pero Cristo nunca habló de reparación.
Él habló de muerte y resurrección.

 La reparación supone que algo aún sirve. Que con los ajustes correctos puede volver a operar. Pero la redención comienza cuando se acepta una verdad más incómoda: hay cosas que no se arreglan, se entregan. Hay vidas que no se corrigen, se rinden. Hay historias que no se mejoran, se crucifican. “El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:45).

 Por eso el Evangelio es tan ofensivo para el orgullo humano. Porque no nos ofrece una versión optimizada de nosotras mismas, sino el final definitivo de la mujer que éramos sin Dios.

La mujer samaritana lo entendió sin necesidad de un sermón largo. Ella fue al pozo no buscando revelación, sino evitando miradas. Iba a la hora en que nadie más iba, cargando no solo un cántaro, sino una historia repetida de intentos fallidos. Cinco maridos. Cinco oportunidades. Cinco reparaciones que no duraron. Y ahora un sexto hombre que ni siquiera tenía nombre de pacto. Su vida era el testimonio silencioso de que reparar no basta. “Bien has dicho… porque cinco maridos has tenido, y el que ahora tienes no es tu marido” (Juan 4:17–18).

 Jesús no la interrumpió con condena, pero tampoco la consoló con excusas. No le dijo que estaba bien, ni que todo iba a mejorar si se esforzaba un poco más. La confrontó con la verdad porque solo la verdad puede preparar el terreno para la redención. Y luego le ofreció algo que ella jamás había pedido: una fuente interna que no dependía de circunstancias externas. “El que beba del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna” (Juan 4:14).

 Porque la mujer reparada vuelve al pozo todos los días.
La mujer redimida se convierte en manantial.

 Algo similar ocurrió con aquella mujer de la que habían salido siete demonios. No estaba herida solamente; estaba cautiva. “María Magdalena, de la que habían salido siete demonios” (Lucas 8:2). No necesitaba contención emocional; necesitaba liberación espiritual. El mundo la habría clasificado como irrecuperable o, en el mejor de los casos, como alguien que debía ser controlada. Pero Jesús no negoció con la oscuridad que la poseía. No la entrenó para convivir con ella. La expulsó. “Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres” (Juan 8:36).

 Eso es redención no aprender a manejar las cadenas, sino verlas romperse.

Y lo más asombroso es que la redención no solo la liberó, sino que redefinió su identidad. Aquella que había sido conocida por su opresión fue conocida después por su devoción. La que había sido símbolo de vergüenza se convirtió en testigo de gloria. Porque la redención no solo quita algo; establece algo nuevo.

 La mujer reparada vive con miedo al desgaste. Sabe que lo que hoy funciona puede fallar mañana. Vive pendiente del mantenimiento, del esfuerzo constante, de no cometer errores que vuelvan a romper lo que tanto costó arreglar. La mujer redimida, en cambio, descansa en una obra que no depende de ella. No vive negando su pasado, pero tampoco vive explicándolo. Vive anclada en una verdad superior: su vieja vida murió con Cristo.

 Aquí está el punto que confronta profundamente: Cristo no vino a ayudarte a ser una mejor versión de ti misma. Vino a terminar contigo para resucitarte en Él. Mientras sigamos pidiéndole a Dios que nos repare, seguimos subestimando la cruz. Porque la cruz no fue un taller de restauración; fue un lugar de ejecución. El problema es que muchas veces preferimos la reparación porque nos permite conservar el control. La redención exige rendición total. Reparar nos deja intacto el orgullo; redimirlo lo crucifica. Reparar nos permite decir “yo estoy trabajando en esto”; redimirnos nos obliga a decir “ya no vivo yo”. “Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo yo, mas vive Cristo en mí” (Gálatas 2:20).

 Por eso lo redimido es eterno. Porque no está sostenido por disciplina humana, sino por sangre divina. No por constancia emocional, sino por una obra consumada. La reparación tiene fecha de vencimiento; la redención tiene sello eterno.

Cuando Dios te llama redimida, no está describiendo tu proceso, está declarando tu posición. No es una etapa que atraviesas; es una identidad que recibes. No depende de cómo te sientas hoy, sino de lo que Cristo hizo una vez y para siempre. Ser redimida no significa que no haya cicatrices, significa que ya no hay condena. No significa que no recuerdes, significa que el recuerdo ya no tiene poder. No significa que no luches, significa que luchas desde la victoria, no desde la esclavitud. El mundo seguirá ofreciendo soluciones temporales, alivios rápidos, reparaciones estéticas del alma. Cristo seguirá ofreciendo lo mismo que ofreció desde el principio: una nueva vida que solo nace cuando la antigua muere.

Y al final, la mujer redimida no necesita gritar su testimonio. Su sola existencia es evidencia suficiente. Camina con una autoridad silenciosa, con una libertad que no se explica por lógica humana, con una paz que no depende de estabilidad externa. Porque ella sabe algo que ya no negocia: No fue reparada. Fue redimida. Y eso no se rompe.

 

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