Cuando dejo de buscar aprobación
Desde que fuimos creadas, Dios plantó en nosotras una necesidad de relación. Somos hechas para ser conocidas y amadas por nuestro Creador. Sin embargo, la caída nos trajo una grieta profunda…
Vivimos en una época donde existe una búsqueda constante de aprobación. No es solo una moda o una preferencia cultural: es una necesidad emocional que, cuando no es resuelta desde lo profundo del ser, termina por definir nuestra identidad, guiar nuestras decisiones y amarrar nuestro valor a la mirada de otros. Las redes sociales, las comparaciones visuales, los “likes” y los comentarios son reflejos contemporáneos de una búsqueda de aprobación que trasciende épocas y contextos. La ciencia lo confirma: cuando el valor propio se basa en la aprobación de otros especialmente en mujeres jóvenes esto se asocia con menor satisfacción corporal, menor autoestima y mayor comparación social en redes sociales.
Este fenómeno no es solo superficial, tiene impacto profundo en el bienestar emocional. Las mujeres reportan más síntomas de ansiedad, rumian más sus emociones y enfrentan con más frecuencia depresión y vulnerabilidad emocional que los hombres. Esta búsqueda de aprobación externa, este deseo de ser vistas y aceptadas, tiene raíces en una realidad espiritual que trasciende estadísticas: es un anhelo por ser reconocidas, valoradas y amadas… pero muchas veces no por Aquel que realmente nos creó.
Desde que fuimos creadas, Dios plantó en nosotras una necesidad de relación. Somos hechas para ser conocidas y amadas por nuestro Creador. Sin embargo, la caída nos trajo una grieta profunda: empezamos a buscar en las opiniones humanas, en los elogios circunstanciales y en las miradas ajenas lo que solo Él puede dar. Buscamos aprobación porque nuestra alma fue diseñada para reconocer la aprobación divina, y cuando esa base se fractura, tratamos de reconstruirla con las piezas efímeras del mundo.
La Biblia está llena de imágenes de mujeres cuya identidad fue moldeada fuera de los ojos humanos y redirigida hacia la mirada de Dios. Considera a María, la madre de Jesús. Cuando el ángel la visitó y la llamó “benigna, favorecida”, no fue una adulación vacía, sino una declaración de quién era en el propósito de Dios. Ella no buscó la aprobación de las multitudes, sino que se sometió a la voluntad divina: “He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra.” (Lucas 1:38).
También está la mujer que derramó perfume sobre los pies de Jesús. Los discípulos murmuraban, cuestionaban, criticaban; su mirada estaba fija en la opinión de los demás, en lo que se consideraba aceptable. Pero ella no actuó para ganar aprobación humana, sino para rendir adoración sincera. Jesús la defendió y refrendó “Dondequiera que se predique este evangelio, también se contará lo que ella ha hecho para memoria de ella.” (Marcos 14:9). Su acto no fue para que otros dijeran “qué bien hecho”; fue para honrar a Dios, y esa es la aprobación que permanece.
Y qué decir de María Magdalena, liberada de siete demonios. Su pasado podría haber justificado una búsqueda eterna de aceptación en círculos humanos, tratando de demostrar que ya no era “aquella de antes”. Pero Jesús la redimió de modos tan profundos que su vida ya no giró en torno a lo que otros pensaban de ella, sino en torno a la proclamación de la resurrección. Cuando dejamos de buscar aprobación humana, nuestra vida se transforma en un testimonio que apunta siempre a Cristo.
La aprobación humana es como arena movediza: nunca sostiene, se altera con la opinión de la multitud, cambia con la moda, desaparece con el tiempo. Por eso las Escrituras nos recuerdan que nuestra ciudadanía y aprobación no provienen de los hombres, sino de Dios. Cuando Pablo enfrentó juicios y miradas humanas, dijo: “Si fuéramos aprobados por hombres, no seríamos siervos de Cristo.” (Gálatas 1:10). Si nuestra meta es agradar a la gente, terminamos sirviendo a un rey inestable y traicionero: el hombre.
Dejar de buscar aprobación humana no es un acto de arrogancia. Es un acto de liberación. Es reconocer que solo la aprobación divina puede llenar el vacío del corazón. Cuando dejamos de depender de lo que otros piensan de nosotras, nos abrimos a vivir desde lo que Dios ha dicho de nosotras creadas, llamadas, redimidas, amadas. Ya no somos reflejos ajustables según la mirada ajena; somos portadoras de un valor eterno e inmutable.
Es posible que muchas mujeres, incluso sin saberlo, estén atrapadas en un ciclo donde su valor fluctúa con cada aprobación recibida. La ciencia nos muestra cómo estas dinámicas no solo afectan la autoestima, sino también la salud emocional y mental. Las comparaciones constantes y la necesidad de validación externa se correlacionan con insatisfacción con el propio cuerpo y búsqueda de aprobación social, algo que puede llevar a ansiedad y malestar que va más allá de lo superficial.
Pero aquí está la buena noticia cuando dejamos de buscar aprobación humana y empezamos a buscar primero la aprobación de Dios, algo en nuestro interior cambia. No porque dejemos de sentir la presión humana esa presión puede persistir sino porque nuestra identidad deja de estar colgada de ojos humanos y se enraíza en la mirada inmutable de nuestro Redentor.
Dios nos llama antes de que nadie nos vea.
Dios nos honra antes de que nadie nos aplauda.
Dios nos acepta antes de que nadie nos entienda.
Y en esa aceptación divina, nuestra alma descansa.
Quizá hoy estás leyendo con el peso de querer ser vista, valorada, comprendida… por esa persona, por ese grupo, por esa multitud que nunca llega al fondo de tu ser. Permite que Dios te mire primero. Permite que tu valor sea definido por Su amor incambiable. Y cuando eso ocurra, la búsqueda de aprobación humana dejará de ser tu brújula, y tu vida empezará a girar en torno a Aquel que primero te amó.