𝗡𝗼 𝗳𝘂𝗲 𝗲𝗹 𝗮́𝗻𝗴𝗲𝗹 𝗻𝗶 𝗲𝗹 𝗲𝘀𝘁𝗮𝗻𝗾𝘂𝗲; 𝗳𝘂𝗲 𝗹𝗮 𝘃𝗼𝘇 𝗱𝗲 𝗝𝗲𝘀𝘂́𝘀 𝗹𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗺𝗲 𝗱𝗲𝘃𝗼𝗹𝘃𝗶𝗼́ 𝗹𝗮 𝘃𝗶𝗱𝗮

𝗡𝗼 𝗳𝘂𝗲 𝗲𝗹 𝗮́𝗻𝗴𝗲𝗹 𝗻𝗶 𝗲𝗹 𝗲𝘀𝘁𝗮𝗻𝗾𝘂𝗲; 𝗳𝘂𝗲 𝗹𝗮 𝘃𝗼𝘇 𝗱𝗲 𝗝𝗲𝘀𝘂́𝘀 𝗹𝗮 𝗾𝘂𝗲 𝗺𝗲 𝗱𝗲𝘃𝗼𝗹𝘃𝗶𝗼́ 𝗹𝗮 𝘃𝗶𝗱𝗮.

No llegó anunciado. No hubo trompetas ni multitudes preparadas. Simplemente, Jesús apareció. Y pienso en cuántas de nosotras deseamos un milagro con todo el corazón, pero aprendemos a vivir con la espera. Permanecemos en el templo, en la iglesia, en la fe, porque sabemos que hay momentos donde la bondad y la misericordia del Señor se manifiestan… y queremos estar allí cuando suceda.

Pero seamos honestas, esperar cansa. Ver que otros reciben primero duele. Observar cómo las aguas se mueven para alguien más puede confrontar profundamente el corazón.

La Biblia nos habla de un hombre que llevaba treinta y ocho años enfermo, acostado junto al estanque de Betesda (Juan 5). Treinta y ocho años viendo a otros levantarse. Treinta y ocho años escuchando testimonios ajenos. Treinta y ocho años mirando cómo alguien más llegaba antes que él.

Y aun así… él permaneció.
Betesda era un lugar lleno de esperanza… y de frustración. Un ángel descendía y agitaba las aguas, y el primero que entraba era sanado. Imagínate lo que eso significaba para alguien paralizado: la sanidad estaba cerca, pero no al alcance.

Cuántas veces nos sentimos así.

No estamos lejos de Dios. No estamos fuera del templo. No estamos en rebeldía. Pero hay parálisis emocionales en el corazón que nos impiden movernos cuando llega el momento. Heridas no sanadas. Miedos antiguos. Cansancio acumulado. Desilusiones que nos dijeron en silencio: “no será para ti”.

Y entonces vemos:
El matrimonio de otra restaurado.
La familia de otra sanada.
El testimonio de alguien más creciendo.

Y sin decirlo en voz alta, el corazón susurra:
“Siempre alguien puede más que yo”.

Quiero que imagines algo conmigo.
¿Qué habría pasado si aquel hombre del estanque se hubiera ido un año antes?
¿Un mes antes?
¿Un día antes?
¿Una hora antes?

Treinta y ocho años parecían demasiados… pero no lo eran, porque el día menos esperado, Jesús pasó por allí. Amada hermana, no importa si llevas: Un año esperando, Cinco años perseverando, O treinta años sirviendo, orando, adorando, creyendo.

Hoy quiero decírtelo con ternura y firmeza:
no te muevas de lugar.

No te vayas del sitio donde Dios te plantó solo porque aún no ves el milagro. No abandones la fe porque otros fueron primero. No sueltes el altar porque el cielo parece en silencio.

Aquí hay algo profundamente sanador: Jesús no usó el estanque. No esperó al ángel. No agitó las aguas. Él fue directamente al hombre que nadie veía… y le hizo una pregunta que atraviesa el alma:

“¿Quieres ser sano?” (Juan 5:6)

No le preguntó cuánto tiempo llevaba allí. No le pidió explicaciones. Le preguntó por su deseo.

Porque a veces el dolor se vuelve costumbre. A veces la espera se convierte en identidad. A veces aprendemos a sobrevivir tanto tiempo en la parálisis que olvidamos cómo se siente la libertad.

Y Jesús, con amor confrontador, nos mira hoy y nos pregunta: “¿Qué quieres?” ¿Sanidad real o solo alivio momentáneo? ¿Libertad completa o seguir acomodada en la espera? ¿Levantarte o seguir explicando por qué no puedes?

Cuando Jesús habla, la espera termina

Jesús le dijo: “Levántate, toma tu lecho y anda.”

Ni el hombre llegó a las aguas.
Ni fue el primero.
Ni compitió con nadie.

Fue sanado por la voz de Jesús.

Amada, el milagro que esperas no vendrá por comparación, ni por competencia, ni por méritos. Vendrá cuando Jesús decida hablar sobre tu vida. Y ese día, todo habrá valido la pena.

Cada oración.
Cada lágrima.
Cada día que permaneciste.
Cada vez que serviste aun con el corazón cansado.

Tal vez hoy te sientes como ese hombre: cansada, limitada, preguntándote si algún día será tu turno. Pero quiero decirte algo con convicción: Jesús sabe exactamente dónde estás. Él pasa por el lugar donde permaneces fielmente.

No fue casualidad que el paralítico estuviera allí el día que Jesús pasó. Y no es casualidad que tú sigas allí hoy.

Pronto llegará el día “yo lo creo” en que Dios te mirará y te preguntará: “¿Quieres ser sana? ¿Quieres ser libre? ¿Qué es lo que deseas?”

Y cuando ese día llegue, entenderás que permanecer fue tu mayor acto de fe.

Te invito a que oremos juntas estas breves palabras. Señor Jesús, hoy te hablo desde el lugar de la espera. Desde el cansancio, desde la perseverancia, desde la fe que a veces tiembla pero no se rinde. Si hay parálisis en mi corazón, sáname. Si hay cansancio en mi alma, fortaléceme. Ayúdame a no moverme del lugar donde Tú me quieres encontrar. Creo que el día menos esperado, Tú pasarás y hablarás sobre mi vida. Y cuando lo hagas, todo habrá valido la pena. Amén.

Hemos llegado al final 𝘀𝗶 𝗲𝘀𝘁𝗲 𝗱𝗲𝘃𝗼𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹 𝘁𝗲 𝗵𝗮 𝗯𝗲𝗻𝗱𝗲𝗰𝗶𝗱𝗼, 𝘁𝗲 𝗶𝗻𝘃𝗶𝘁𝗼 𝗮 𝗰𝗼𝗺𝗽𝗮𝗿𝘁𝗶𝗿𝗹𝗼, déjanos un corazoncito y 𝘁𝘂 𝗰𝗼𝗺𝗲𝗻𝘁𝗮𝗿𝗶𝗼, 𝘁𝗲𝘀𝘁𝗶𝗺𝗼𝗻𝗶𝗼 𝘆 𝗲𝗻𝘃𝛊́𝗮𝗹𝗼 𝗲𝗻 𝘂𝗻 𝗴𝗿𝘂𝗽𝗼𝘀.

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