El resentimiento

Hay dolores que no se fueron cuando terminó la historia. Personas que ya no están, palabras que ya no se repiten, escenas que ya no ocurren… pero que siguen teniendo un asiento en nuestra mesa emocional. Ese es el poder silencioso del RESENTIMIENTO: vivir en el pasado mientras intentamos construir el presente.

Muchas mujeres aman a Dios con sinceridad. Sirven, oran, creen, perseveran. Sin embargo, cargan heridas que nunca fueron sanadas. El resentimiento no siempre se nota; muchas veces se esconde detrás de la fortaleza aparente, del “ya lo superé”, del “no me afecta”. Pero el corazón sabe la verdad.

La Biblia nos advierte con ternura y firmeza: “Sobre toda cosa guardada, guarda tu corazón; porque de él mana la vida. (Proverbios 4:23) Lo que no se sana en el corazón termina filtrándose en todas las áreas de la vida.

El resentimiento nace cuando una herida no encuentra un lugar seguro para sanar. Su nombre lo describe bien: re-sentir, volver a sentir. Es revivir el dolor, una y otra vez, aunque hayan pasado los años. Y cada vez que vuelve, deja una marca nueva.

El problema no es recordar; el problema es revivir. Cuando el resentimiento se instala, nuestra mente empieza a rumiar el pasado, a interpretar el presente desde la herida y a temer el futuro. Poco a poco, nos vamos endureciendo sin darnos cuenta.

Y aunque creemos que el resentimiento solo nos afecta a nosotras, la verdad es que nunca se queda solo en el corazón.

Muchas veces el esposo no es el origen del resentimiento… pero termina pagando el precio.

Heridas del pasado, rechazos de la infancia, traiciones anteriores o palabras no sanadas se filtran en la relación matrimonial. Entonces aparecen reacciones desproporcionadas, silencios largos, desconfianza injustificada o una necesidad constante de control.

El esposo dice algo, y la herida escucha otra cosa.

El esposo falla, y el pasado vuelve a gritar: “Ya sabía que no podía confiar”.

El resentimiento nos vuelve defensivas. Amamos, pero con reservas. Nos entregamos, pero con miedo. Y sin darnos cuenta, levantamos muros donde Dios quería edificar intimidad.

La Biblia nos recuerda que el matrimonio es un reflejo del amor de Cristo: “Maridos, amad a vuestras mujeres, así como Cristo amó a la iglesia.” (Efesios 5:25)

Pero también nos confronta a nosotras: no podemos recibir amor plenamente cuando seguimos aferradas al dolor.

Los hijos no necesitan que les expliquemos lo que nos duele; ellos lo perciben. El resentimiento se filtra en el tono de voz, en la paciencia corta, en la exigencia excesiva o en la frialdad emocional.

Una madre herida puede amar profundamente, pero también reaccionar desde el cansancio emocional. A veces exigimos perfección porque crecimos con rechazo. O nos volvemos sobreprotectoras porque vivimos abandono. O somos duras porque nadie fue tierno con nosotras.

Y sin querer, comenzamos a transmitir lo que nunca fue sanado. La Palabra nos exhorta: “No provoquéis a ira a vuestros hijos.” (Efesios 6:4) No se trata de ser madres perfectas, sino madres sanadas. Porque un corazón sano cría desde el amor, no desde la herida.

El resentimiento roba la capacidad de disfrutar. Puedes tener bendiciones, estabilidad, familia, incluso ministerio… y aun así sentir un vacío inexplicable. Porque el resentimiento apaga la alegría, distorsiona la gratitud y vuelve pesada el alma.

La mujer resentida vive en alerta constante. Se protege, se endurece, se acostumbra a sobrevivir, pero no a disfrutar. Y Dios no nos llamó solo a resistir la vida, sino a vivirla en plenitud. “El corazón alegre hermosea el rostro; mas por el dolor del corazón el espíritu se abate.( Proverbios 15:13) No es egoísmo querer ser feliz. Es parte del diseño de Dios.

Jesús no vino a decirnos “supéralo”, vino a decirnos “entrégamelo”. Él conoce cada herida, cada injusticia, cada palabra que nos marcó. Y lo más hermoso es que Él también fue herido. “Ciertamente llevó Él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores.” (Isaías 53:4) Cristo no solo perdona, Él sana. Pero la sanidad comienza cuando dejamos de proteger la herida y decidimos rendirla. El perdón no justifica lo que pasó, te libera de cargarlo.

Amada mujer, no puedes construir un futuro sano con un corazón anclado al pasado. No puedes amar plenamente mientras sigues defendiéndote del ayer. Hoy Dios te invita a soltar el resentimiento antes de que siga dirigiendo tus palabras, tus reacciones y tus relaciones.

El tiempo de tu libertad ha llegado.

“Con mi voz clamaré a Jehová… delante de Él manifestaré mi angustia.” (Salmos 142:1–3)

Dios no quiere que comiences una nueva temporada con grietas ocultas. Él quiere hacerte verdaderamente libre.

Que tal se juntas hacemos esta breve oración: Señor, hoy traigo delante de Ti mi pasado, mis heridas y mi resentimiento. Reconozco que han afectado mi forma de amar, de relacionarme y de vivir. Hoy decido soltar lo que me ha atado. Sana mi corazón, restaura mi matrimonio, cubre a mis hijos y devuélveme la alegría. Quiero vivir en la libertad que Tú compraste para mí. En el nombre de Jesús, amén.

Hemos llegado al final 𝘀𝗶 𝗲𝘀𝘁𝗲 𝗱𝗲𝘃𝗼𝗰𝗶𝗼𝗻𝗮𝗹 𝘁𝗲 𝗵𝗮 𝗯𝗲𝗻𝗱𝗲𝗰𝗶𝗱𝗼, 𝘁𝗲 𝗶𝗻𝘃𝗶𝘁𝗼 𝗮 𝗰𝗼𝗺𝗽𝗮𝗿𝘁𝗶𝗿𝗹𝗼, 𝗱𝗲́𝗷𝗮𝗻𝗼𝘀 𝘁𝘂 𝗰𝗼𝗺𝗲𝗻𝘁𝗮𝗿𝗶𝗼, 𝘁𝗲𝘀𝘁𝗶𝗺𝗼𝗻𝗶𝗼 𝘆 𝗲𝗻𝘃𝛊́𝗮𝗹𝗼 𝗲𝗻 𝘂𝗻 𝗴𝗿𝘂𝗽𝗼𝘀.

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