Una madre que guía hacia Cristo.
𝗩𝗶𝘃𝗶𝗺𝗼𝘀 𝗲𝗻 𝘂𝗻𝗮 𝗴𝗲𝗻𝗲𝗿𝗮𝗰𝗶𝗼́𝗻 𝗱𝗼𝗻𝗱𝗲 𝗺𝘂𝗰𝗵𝗼𝘀 𝗱𝗲 𝗹𝗼𝘀 𝗾𝘂𝗲 𝗰𝗿𝗲𝗰𝗶𝗲𝗿𝗼𝗻 𝗲𝘀𝗰𝘂𝗰𝗵𝗮𝗻𝗱𝗼 𝗱𝗲 𝗖𝗿𝗶𝘀𝘁𝗼 𝘆𝗮 𝗻𝗼 𝗰𝗮𝗺𝗶𝗻𝗮𝗻 𝗰𝗼𝗻 𝗘́𝗹. Fueron puestos sobre una fe superficial. Estudios recientes revelan que alrededor del 64% de los jóvenes que crecieron activos en la iglesia dejan de participar entre los 18 y 29 años. Investigaciones adicionales muestran que cerca del 66% de quienes asistían regularmente en su adolescencia abandonan la práctica al menos por un año entre los 18 y 22 años. Incluso encuestas generales reflejan que aunque el 67% de los adultos declara haber asistido regularmente en su niñez, solo alrededor del 31% lo hace hoy. Estas cifras muestran que muchos escucharon sermones, recibieron instrucción religiosa, participaron en actividades cristianas, pero no permanecieron firmes, y esto nos confronta con una realidad espiritual descrita en Mateo 7:26: “pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena.”
Sin embargo, también se observa algo hermoso: existe un grupo que sí permanece firme y persevera, descrito indirectamente por Jesús en Juan 15:5: “El que permanece en mí, y yo en él, éste lleva mucho fruto; porque separados de mí nada podéis hacer.” Este propósito se afirma también en Colosenses 2:6-7: “Por tanto, de la manera que habéis recibido al Señor Jesucristo, andad en él; arraigados y sobreedificados en él y confirmados en la fe.” Los que permanecen suelen ser aquellos que fueron enraizados en Cristo, no solamente expuestos a religión.
La historia de Timoteo confirma una verdad esencial: la fe auténtica nace primero en casa. Pablo escribe: “trayendo a la memoria la fe no fingida que hay en ti, la cual habitó primero en tu abuela Loida, y en tu madre Eunice, y estoy seguro que en ti también” (2 Timoteo 1:5). No nació por cultura; comenzó por testimonio. Antes de hablar de predicadores o estructuras, la Biblia señala una madre y una abuela.
Miles de jóvenes de hoy han crecido con mensajes superficiales, con reglas y con moralismos, pero no con Evangelio. La Escritura enseña: “porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe” (Efesios 2:8-9). Pero muchos escucharon: “Sé bueno”, “compórtate bien”, “haz lo correcto”, como si eso salvara. Sin Cristo, la conducta se convierte en carga, el cristianismo se vuelve apariencia y la fe se vacía.
Una madre que quiere ser bendición espiritual no necesita saberlo todo, sino vivir lo que proclama. La fe de Timoteo no nace de teoría sino de vidas concretas. Dios ordenó esta responsabilidad en Deuteronomio 6:6-7: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes.” Dios no dijo primero: “en la iglesia”, sino “en tu casa”.
Una madre hiere la espiritualidad de sus hijos cuando presenta un Dios severo pero no amoroso, aunque la Biblia revela: “Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia” (Jeremías 31:3). También daña cuando exige espiritualidad que ella misma no vive, olvidando lo que Jesús dijo en Mateo 15:8: “Este pueblo de labios me honra; mas su corazón está lejos de mí.”
Cristo enseñó que la vida espiritual requiere dependencia total: “Separados de mí nada podéis hacer” (Juan 15:5), y añadió que quien oye pero no obedece construye sobre arena (Mateo 7:26). La madre que intenta criar desde su fuerza se fractura; la que se humilla encuentra gracia. La que ora por sus hijos imita a la mujer persistente de Lucas 18:1-8, donde Jesús enseñó “sobre la necesidad de orar siempre, y no desmayar.”
Cuando una madre pide perdón, confiesa errores y hace evidente su dependencia de Cristo, predica con mayor autoridad que cien sermones. La Biblia dice en Proverbios 24:16 que “siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse”. Los hijos no necesitan padres que nunca caigan, sino padres que se levantan y vuelven a Cristo.
Muchas veces los hijos no recuerdan mensajes completos de la iglesia, pero jamás olvidan el rostro de una madre orando por ellos. No recuerdan todo lo que aprendieron en la escuela dominical, pero sí recuerdan haber escuchado a su madre decir: “Necesitamos a Cristo”. Esta es la verdad eterna del Salmo 127:1: “Si Jehová no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican.”
Las estadísticas muestran que muchos se van; la Escritura anuncia que el amor de Dios sigue alcanzando. Muchos abandonan, pero Romanos 11:5 afirma: “Así también aun en este tiempo ha quedado un remanente escogido por gracia.” Quizás tus hijos formen parte de ese remanente. Dios no pide perfección; pide obediencia, perseverancia y fe.
Lo que una madre hace en secreto Dios lo recompensa en su tiempo (Mateo 6:6). Lo que siembra en lágrimas lo cosechará en gozo (Salmo 126:5). Lo que entrega a Cristo, Cristo lo guarda. Y aunque esta generación corra lejos, Dios sigue llamando corazones. No por la fuerza de la madre, sino por la gloria de Cristo.
Que tus hijos no recuerden religiosidad vacía, sino fe real. Que recuerden a Cristo más que tus métodos. Que lo vean como Salvador más que como sistema. Que un día puedan decir: “La fe que vi en mi madre me llevó a Cristo”. Esa es la victoria verdadera. Amén.
Mis hermanas hemos llegado al final de este devocional: te invito a compartir con otra mujer para que sea de edificación: comenta, comparte, guarda.