Que te motiva a regresar?

Esta vez fue desde un lavadero lleno de trastes sucios, de restos de comida pegada, de ese tipo de escenas que muchas personas desean evitar, pero que en el lenguaje del cielo pueden transformarse en una puerta de revelación. Mientras observaba aquella pila, vuelven a la memoria escenas de la niñez, recuerdos tan profundos que pareciera que se habían dormido en el corazón. Me vi nuevamente acompañando a aquella anciana, una mujer sencilla que empujaba una pequeña carreta y recorría casa por casa recogiendo desperdicios de comida, restos que para muchos no valían nada, pero que para ella tenían un propósito alimentar a los puercos que criaba en su casa. Aquellas imágenes de bolsas con sobras, de platos raspados, de comida descompuesta que nadie quería ver, regresaron vivas, reales, como si hubieran ocurrido ayer.

Es fascinante cómo el Espíritu Santo toma recuerdos aparentemente simples y los convierte en espejos donde podemos ver el alma. Ese pensamiento me condujo inmediatamente a una parábola conocida, la del hijo pródigo. Pero esta vez no fue desde el enfoque habitual. No fue desde el abrazo del Padre, ni desde el anillo, ni desde las sandalias nuevas, ni desde la fiesta del regreso. Todo eso es glorioso y verdadero, porque así es el carácter de Dios: amoroso, compasivo, lleno de misericordia. Él recibe, Él restaura, Él limpia, Él levanta, Él dignifica. Pero hoy el Espíritu me llevó por otro camino. Me movió a preguntarme: ¿por qué regresó el hijo pródigo realmente? ¿Cuál fue su intención? ¿Qué lo empujó a volver? Porque a veces celebramos el regreso, pero no examinamos la causa del regreso. Y la Escritura no oculta la respuesta. No la adorna. No la suaviza. Dice con claridad lo que pasó en su corazón.

“Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre!” (Lucas 15:17). No dijo “cómo extraño a mi padre”. No dijo “he ofendido a mi familia”. No dijo “quiero restaurar la relación”. Dijo “me estoy muriendo de hambre”. Su motivación no fue amor sino necesidad. No fue devoción sino conveniencia. No fue arrepentimiento en su forma más pura sino supervivencia. Volvió porque la vida en el mundo ya no le ofrecía nada. Volvió porque los recursos se acabaron. Volvió porque el placer tiene fecha de expiración. Volvió porque la herencia derrochada dejó de darle satisfacción. Volvió porque los puercos comían mejor que él. Volvió porque el vacío se hizo insoportable. Volvió porque la necesidad gritó más fuerte que su orgullo.

Y entonces pienso cuántas veces esa historia se sigue repitiendo hoy, cuántas personas están en la casa de Dios amontonando bendiciones, recibiendo herencia, acumulando provisión espiritual, puertas abiertas, oportunidades, protección, favor, gracia inmerecida. Dios les concede trabajo, familia, estabilidad, salud, ministerio, amistades y propósito. Y una vez que tienen todo lo que quieren, dicen en su corazón exactamente lo que dijo el pródigo: ya tengo lo que necesito, ya no requiero estar tan cerca, ya no estoy desesperado, ya no tengo necesidad. Y entonces se alejan. Porque ahora hay viajes que hacer, hay negocios que atender, hay compromisos que los consumen, hay prioridades que parecen más urgentes que el Reino. Así como el hijo pródigo pidió su herencia para irse lejos, muchos toman las bendiciones de Dios para construir una vida donde Él ya no es el centro sino solo un complemento, un recuerdo, un punto de referencia del pasado.

Y aquí surge la pregunta que pesa en el espíritu: ¿Seguimos a Dios por amor o por beneficio? Es exactamente la misma pregunta que Jesús hizo a la multitud que lo buscaba después de la multiplicación de los panes. Con una sinceridad que corta el alma, Él dijo: “De cierto, de cierto os digo que me buscáis… no porque habéis visto las señales, sino porque comisteis el pan y os saciasteis” (Juan 6:26). En otras palabras: me buscan por lo que hago, no por quien soy. Me buscan por mis manos, no por mi rostro. Me buscan porque soluciono problemas, no porque desean conocerme. Me buscan porque les convengo, no porque me aman. Esa frase está tan viva hoy como lo estuvo en Cafarnaúm. Y resuena en el corazón como una alarma espiritual: ¿algún parecido con la realidad?

Hay quienes se acercan a Dios cuando la crisis llega, cuando la enfermedad toca la puerta, cuando el matrimonio tambalea, cuando las finanzas tiemblan, cuando hay ansiedad, vacío, soledad o miedo. Y claro, Dios responde. Dios escucha. Dios actúa. Dios no rechaza al que viene por necesidad, así como aquel padre no rechazó al hijo que volvió sin amor sino con hambre. Pero hay un peligro del que muchos no se dan cuenta: el peligro de reducir a Dios a una especie de amuleto, una herramienta espiritual, un talismán emocional para tiempos difíciles. Por eso es necesario decirlo con voz firme, con claridad y reverencia: Dios no es un amuleto. No es un listón rojo. No es un pendiente de buena suerte. No es un objeto espiritual para espantar el mal. Él es Rey. Él es Señor. Él es Santo. Él es Soberano. Él es el Alfa y la Omega. Y exige un amor que sea más profundo que la necesidad, más fiel que la conveniencia, más firme que el beneficio.

Cuando Jesús llamó a sus discípulos, no les ofreció comodidad sino cruz. No les prometió riqueza sino renuncia. No les aseguró fama sino persecución. Y aun así dijo: “Sígueme”. El verdadero seguimiento no se basa en lo que recibo sino en quien es Él. Y es aquí donde la historia del hijo pródigo revela algo aún más profundo: aunque él volvió por necesidad, fue el amor del Padre lo que lo transformó. Porque el amor verdadero tiene ese poder: cambia intenciones, redirige motivaciones, sana percepciones, reordena prioridades. El hijo volvió por pan, pero recibió identidad. Regresó por techo, pero encontró propósito. Buscó sobrevivir, pero halló restauración. Así opera la gracia: nos recibe como venimos, pero no nos deja como estamos.

Sin embargo, la pregunta permanece abierta para cada corazón:

¿por qué sigo a Cristo?

¿Qué me mueve realmente?

¿Qué busco cuando oro?

¿Qué deseo cuando me acerco a Su presencia?

¿Es Él mi deleite o solo mi proveedor?

¿Es mi Señor o solo mi socorro?

¿Lo seguiría si no me diera lo que espero?

¿Lo amaría incluso si sus planes contradicen los míos?

¿Me quedaría en su casa aunque no hubiera una fiesta ni un becerro gordo ni música ni regalos, sino solo Él?

Porque la verdadera madurez espiritual no se mide por cuántas bendiciones recibo, sino por cuánto lo amo aun cuando no recibo nada.

Y así, este devocional que comenzó con trastes sucios termina en un espejo del alma. Usa recuerdos de infancia para confrontar intenciones presentes. Usa historias sencillas para revelar verdades profundas. Y hoy nos invita a examinar el corazón con valentía. Él sopesa nuestras acciones, pero también pesa nuestras motivaciones. Él mira lo que hacemos, pero también por qué lo hacemos. Él escucha nuestras palabras, pero también discierne lo que las origina.

Por eso este es el llamado final: regresemos al Padre, sí, pero no solo por necesidad. Volvamos a Cristo porque hemos entendido que sin Él no hay vida. Que sin Él no hay propósito. Que sin Él no hay plenitud. Que Él mismo es la recompensa, Él mismo es el tesoro, Él mismo es la razón. Que nuestro corazón pueda decir como el salmista: “¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti, nada deseo en la tierra” (Salmo 73:25). Que nuestra alma llegue al punto donde su presencia sea más valiosa que cualquier don, cualquier pan, cualquier provisión. Porque al final, el mayor regalo del Padre no es la herencia, sino Él mismo.

Llegamos al final de este devocional, espero que haya sido de edificación. Les invito a dejar su comentario, compartirlo y activar las notificaciones para que no se pierdan nuestros devocionales .También pueden seguirnos en nuestras redes:

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¡Bendiciones para todas!

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