Salmos 119:49-56

Mis hermanas Disfrutemos esta lectura. En Salmos 119:49–56 encontramos el clamor de un corazón que está atravesando aflicción, espera y oposición pero que se rehúsa a soltar la Palabra de Dios. Y siendo honestas, ¿quién no ha pasado por momentos así?

Alguna vez en el camino de la fe, quizás te has preguntado: “¿Se habrá olvidado Dios de lo que me prometió?” Tal vez han pasado días, meses o años, y aquello que Dios habló parece lejano. Y mientras esperamos, el corazón muchas veces se cansa. Intentamos permanecer firmes, pero la espera prolongada puede convertirse en una batalla silenciosa.

Y precisamente esa es la imagen que vemos en estos versos un alma sostenida no por lo que ve, sino por la certeza de la Palabra de Dios.

“Acuérdate de la palabra dada a tu siervo, en la cual me has hecho esperar.” Qué oración tan humana y tan profunda. No porque Dios realmente olvide, sino porque el alma afligida necesita recordar que las promesas de Dios siguen vivas aun cuando el panorama parezca contrario. El salmista se aferra a algo firme fue Dios quien produjo esa esperanza en su corazón. Y si Dios habló, entonces Su palabra permanece.

Esto es profundamente cristocéntrico, porque toda promesa de Dios encuentra su “sí” y “amén” en Cristo. No seguimos promesas vacías; seguimos a un Salvador fiel que no puede negar Su carácter.

“Ella es mi consuelo en mi aflicción, porque tu dicho me ha vivificado.” La Palabra no solo informa, revive. Cuando el alma está cansada, decepcionada o herida, Dios usa Su verdad para levantar lo que parecía apagarse. Y cuántas veces hemos experimentado eso llegar quebradas a la presencia de Dios y salir fortalecidas simplemente porque Él habló una vez más a nuestro corazón.

Luego el salmista menciona algo muy real “Mucho se burlaron de mí los soberbios…” Y aquí encontramos una batalla que muchas creyentes conocen bien. Porque mientras esperamos en Dios, muchas veces aparecen voces externas e incluso internas diciendo: “¿Dónde está tu Dios?”, “¿No que Dios te había prometido?”, “Parece que el cielo guardó silencio.”

El enemigo siempre intentará atacar la confianza en la Palabra de Dios. Desde el principio su estrategia ha sido sembrar duda sobre lo que Dios dijo. Quiere agobiar el corazón hasta hacernos creer que Dios olvidó Su promesa.

Pero mira la respuesta del salmista “Mas no me he apartado de tu ley.” Qué poderosa determinación. El dolor no lo movió. La burla no lo apartó. La demora no canceló su fe. Y aquí hay una enseñanza profunda la madurez espiritual no se mide por cuánto entendemos los tiempos de Dios, sino por cuánto permanecemos fieles mientras esperamos.

“Me acordé, oh Jehová, de tus juicios antiguos, y me consolé.” En otras palabras: el salmista recordó la fidelidad pasada de Dios. Y eso fortaleció su presente. Qué importante es recordar cómo Dios ha obrado antes. Porque el Dios que fue fiel ayer no cambia hoy.

Luego dice algo impactante “Horror se apoderó de mí a causa de los inicuos…” El pecado alrededor le producía dolor, no indiferencia. Un corazón transformado no se acomoda a la maldad; le duele lo que ofende a Dios.

Y en medio de todo esto, aparece una frase preciosa “Cánticos fueron para mí tus estatutos en la casa en donde fui extranjero.” Aunque se sentía extranjero en este mundo, la Palabra se convirtió en su canción. Qué imagen tan hermosa. Mientras otros se alimentan de ansiedad, temor o amargura, el creyente encuentra melodía en la verdad de Dios.

Y termina diciendo “En la noche me acordé de tu nombre, oh Jehová…” La noche en la Escritura muchas veces representa los momentos más oscuros, silenciosos y difíciles del alma. Pero aun allí, el salmista recuerda el nombre de Dios. No recordó el problema; recordó quién es Dios.

Mis hermanas, qué importante es esto. Porque la espera puede ser larga, la aflicción puede cansar y las voces externas pueden intentar debilitar nuestra fe. Pero Dios no olvida lo que habló. Su fidelidad no depende de nuestras emociones ni de los tiempos que entendemos. Cristo mismo es la prueba máxima de que Dios cumple Su Palabra. Y así como el Padre no abandonó Su plan de redención, tampoco abandonará la obra que comenzó en nosotras.

Que hoy podamos permanecer firmes aun cuando no veamos todavía el cumplimiento completo. Que nuestra esperanza no descanse en circunstancias, sino en el carácter inmutable de Dios.

Y que en medio de cualquier noche podamos decir Señor, aunque espere, confiaré. Aunque otros duden, permaneceré. Porque tu Palabra sigue siendo mi consuelo, mi canción y mi vida. Amén ALELUYA.

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