Salmos 119:113-120

En Salmos 119:113–120 vemos a un salmista que ha tomado una decisión firme no vivir dividido entre Dios y el mundo. Y qué confrontante es esto para nosotras, porque una de las luchas más silenciosas del creyente muchas veces no es el pecado visible, sino la doblez del corazón.

“Aborrezco a los hombres hipócritas; mas amo tu ley.” La palabra que utiliza aquí habla de un corazón dividido, inconstante, indeciso. Y el salmista está diciendo algo muy fuerte no quiero vivir con un corazón partido entre dos caminos. Porque no se puede amar profundamente la verdad y al mismo tiempo coquetear continuamente con aquello que contradice a Dios. Mis hermanas, Cristo nunca llamó a una obediencia a medias. Él no vino a ocupar una parte de nuestra vida; vino a ser el Señor de todo nuestro corazón.

Y entonces el salmista declara “Mi escondedero y mi escudo eres tú…” Qué imagen tan poderosa. Dios no solo es dirección; también es refugio. En un mundo lleno de confusión, tentación y oposición, el alma encuentra seguridad únicamente en Él. Y qué hermoso es esto porque muchas veces buscamos refugio en otras cosas personas, distracciones, emociones, reconocimiento pero nada protege el corazón como la presencia de Dios.

“En tu palabra he esperado.” Otra vez vemos que la estabilidad espiritual del salmista nace de la Palabra. No está sostenido por emociones cambiantes, sino por la certeza de quién es Dios.

Luego hace una separación clara “Apartaos de mí, malignos…” No porque se creyera superior, sino porque entendía que todo lo que rodea nuestro corazón influye sobre nuestra comunión con Dios. Hay ambientes, conversaciones y relaciones que poco a poco enfrían el amor por la verdad.

Y esto es importante entenderlo la santidad no es aislamiento orgulloso, pero sí requiere discernimiento. No todo lo que alimenta el alma viene de Dios.

“Susténtame conforme a tu palabra, y viviré…” Aquí vemos dependencia absoluta. El salmista sabe que no puede sostenerse solo. Y siendo honestas, nosotras tampoco podemos. Necesitamos diariamente que Dios fortalezca nuestro interior, porque el corazón humano fácilmente se cansa, se distrae o se enfría. nEsto apunta profundamente a Cristo. Porque Jesús no solamente nos salva; Él nos sostiene. Hay días donde literalmente seguimos adelante porque Su gracia continúa levantándonos.

Y luego viene un verso que toca profundamente “Y no quede yo avergonzado de mi esperanza.” Qué oración tan humana. El salmista está diciendo: “Señor, sigo esperando en ti; no permitas que mi fe retroceda.” Porque esperar en Dios muchas veces implica permanecer firme aun cuando otros no entienden por qué seguimos creyendo.

“Susténtame, y seré salvo…” La seguridad del creyente nunca ha estado en su propia fuerza, sino en las manos de Dios. Y qué descanso produce eso. Porque si dependiera únicamente de nosotras, hace tiempo habríamos caído. Pero Cristo sigue intercediendo, sosteniendo y perfeccionando a los suyos.

Luego el salmista habla de aquellos que se desvían de los estatutos de Dios y llama “mentira” a su engaño. Porque toda vida apartada de la verdad eventualmente termina construida sobre algo falso.

Y entonces termina con un temor santo delante de Dios “Mi carne se ha estremecido por temor de ti…” Qué diferente al evangelio superficial que muchas veces se predica hoy. El salmista no habla de Dios livianamente. Hay reverencia, asombro, reconocimiento de Su santidad.

Mis hermanas, hemos perdido muchas veces la capacidad de temblar delante de la presencia de Dios. Nos hemos acostumbrado a escuchar Su Palabra sin permitir que examine profundamente nuestro corazón.

Pero cuando vemos verdaderamente a Cristo Su santidad, Su pureza, Su gloria algo dentro de nosotras responde con reverencia y rendición.

Este pasaje nos llama a dejar la doblez espiritual. A dejar de caminar con el corazón dividido. Nos invita a refugiarnos completamente en Dios, a depender de Su Palabra y a vivir con un temor santo que produzca obediencia genuina.

Porque Cristo no murió para que viviéramos una fe superficial, sino una vida completamente rendida a Él.

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